lunes, 2 de julio de 2012
El día del padre
A veces con el pasar de los años las cosas cambian, y quien fue un padre ejemplar para mí en mi niñez y un verdadero referente en mi juventud, dejó el barco y poco a poco las facturas de sus errores comenzaron a cobrarse a nuestro nombre. El destierro del lugar donde nacimos, las deudas que persiguen a la familia, la ruina absoluta a causa de la vida pagana y un "me voy" fueron las últimas palabras que escuché, aquella vez donde grité con tanta rabia, que tal vez ese día supo que yo era un adulto y había terminado su labor de progenitor (labor que nunca debería de terminar).
Eran otros días, donde todas las mañanas despertábamos con un café caliente, con una rosca y un pedazo de queso, o a veces desayunábamos en la plaza de mercado buñuelo con café perico (un café con leche y azúcar que es tradicional en nuestra región cafetera), a eso de las 6AM, para esperar las reses y los cerdos que debíamos descuartizar y vigilar que no robaran los gallinazos ni los perros, antes de subirla al camión y llevar a nuestra carnicería. Era una plaza de mercado sucia, pero es de esas suciedades que sólo duran unas horas: luego de despachar todos el ganado para todos lados, se hacían presentes las turbulentas aguas y el jabón, dejando los paredones blancos con un aroma a detergente que llamaba a lo limpio y a su vez llamaba a los clientes, quienes siempre estaban listos para comprar.
Y así comenzaba a transcurrir la semana, llegaba el ganado en la mañana a la carnicería y mientras yo descuartizaba, mi papá atendía a la clientela en medio de gritos, rabias, aceleres y una que otra sonrisa para bajarle la tensión a la clientela que se agolpaba en el negocio -al igual que los gallinazos- tras enterarse que había carne fresca para comprar. Muchas veces estábamos entre las 7AM y la 1PM trabajando sin parar, y en ocasiones esos lunes se llegó a quedar el negocio sin una sola libra de carne: se vendía todo. Otras veces, en vigilia, se vendía más poco, pero igual en las tardes o noches, llegaban algunas personas de doble moral que no podían vivir sin carne, así la iglesia se los prohibiera, más por tradición que por necesidad misma o utilidad alguna el dejar de comerla.
Muchas veces yo salía en mi bicicleta para llevar los pedidos a los clientes, otras veces mi papá iba en su moto, una Honda 125, más ruidosa que una locomotora y que se escuchaba a varias cuadras del negocio cuando se acercaba o cuando se alejaba. A veces salíamos los dos a la vez a entregar pedidos, mientras mi abuelo se sentaba en la puerta del negocio a fumarse unos puros cubanos sin importarle el resto de la vida: era como si estos cigarros le llevaran la calma, pues cuando se le acababan parecía otra persona, aunque casi nunca se le terminaban y siempre mantenía entre su carriel (un maletín hecho de cuero que parecía un acordeón), en medio del dinero y de uno que otro artilugio.
Mi padre era de esas personas que siempre tuvieron amor al trabajo, al dinero y a los negocios, es un Rey Midas, podía llegar a un lugar sin tener un centavo y en 8 días ya tenía su negocio montado, conocía gente y comenzaba a trabajar con todo el mundo, como si fueran conocidos de toda la vida. Esa misma forma de llegar a la gente, jugó en su contra cuando comenzó a malgastar el dinero y acabó con el patrimonio familiar, pensando que podía recuperarlo fácilmente; pero entre la gripe porcina, muchas putas y uno que otro trago de Cuba Libre (una mezcla de Coca-Cola con ron y un popote de limón para adornar) se fue toda nuestra fortuna, o bueno, lo que considerábamos nuestro.
Fue difícil ver cómo poco a poco ese gran hombre se desmoronó, tal vez cansado de vivir, cansado de hacer cosas sin recibir retribuciones y agotado de tal vez, no sentirse satisfecho con todo lo construido: tal vez fue como cuando nos cansamos en el 98 de jugar al toque toque y desde ese punto nunca volvimos a un mundial, así mismo veo que mi papá nunca volvió a ser quien era y nuestras vidas se fueron poco a poco diluyendo, poco a poco profanando, volviendo sórdidas y simplemente íbamos navegando hasta donde la corriente nos dejara estar. Mi madre por poco enloquece pero poco a poco lo asimiló. Mis hermanas tuvieron un poco de suerte, ya que no tenían mucha consciencia cuando todo pasó y poco a poco se acostumbraron a su nueva vida, una vida un poco menos amoblada y buena de la que pude disfrutar yo, pero que en el fondo les enseñó a aprender a vivir con coraje y a sacarle todo a su favor.
Al llegar el día del padre, recordaba todas estas cosas y me sentía la persona más solitaria de la tierra, pues mientras todo el mundo salía a celebrar con su padre, yo por mi parte, no tenía hacia donde mirar y simplemente derroché mi día viendo series de mafiosos, esperando alguna respuesta, sin saber que en medio de todo ese caos y tristeza, ya era hora de celebrar también.
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