Comenzó el viernes 21 de abril, las 6AM de una nublada y fría mañana bogotana. Desperté abruptamente, como pocas veces, como nunca. En medio de mi letargo suena el teléfono, contesto y escucho los gritos de mi tía, entre mi asombro y tristeza por no entender mucho: - Se murió mi mamá, se murió mi mamá-. Luego de colgar es como si hubiese sentido más vacía la tierra en ese instante, como cuando René dejó en silencio el Monumental de Núñez tras taparle el penal al Pelado Almeyda en esa semifinal de la Copa Libertadores del 95, como si ella hubiera llegado donde vivo para decirme que estaba en el aire, entre nosotros y que tal vez se marcharía para siempre.
Las horas fueron pasando, la tristeza creciendo y los ánimos bajando como en esos clásicos ante el DIM, que se comienzan perdiendo con un gol tempranero y no parecen acabar nunca. Pero al comenzar la noche, llegó ella -A quien alguna vez le juré amor eterno en el mismísimo Centenario de Montevideo, antes de llorar de felicidad 4 veces y de salir rodando por las azules escalas ante cientos de hinchas verdolagas, listos para una foto de recuerdo viajero- y con sus brazos me abrazó entre sus enormes pechos, me consoló mientras escuchábamos la radio del taxi y me transportaba hacia su hogar. Allí me dejó en su cama y en una mezcla de vino, canelones, pollo (mucho pollo) y mucho amor, comenzó a gestarse una vida, un nacimiento, un eterno devenir del que sólo sabríamos unos meses después: la felicidad más inexplicable que haya podido sentir. Es como si el mismo día River Plate y Atlético Nacional hubiesen ganado la Copa Libertadores. Como si en el 86, Enzo hubiese metido ese quinto gol a los polacos y le hubiesen dado la copa del mundo. Como si después de esa mano gloriosa de Gastón brillar en el Atanasio Girardot, atajando ese penal a Araújo en 2011, me hubiese palmoteado el hombro. Es una sensación más o menos similar.
Al día siguiente, al despertar, era hora de ver el clásico español. Personalmente no soporto mucho el fútbol de la madre patria, pero por algunos jugadores como Iniesta o Higuaín, me lo aguanto un poco. Esa tarde del 21, luego del 1-2 con el que ganó el Real Madrid al Barcelona y sentenció la Liga Española a su favor en el propio Camp Nou, comimos pasta carbonara y entre las imágenes de un paisaje repetido que había visto en fotos, las sonrisas tiernas, los besos y las caricias de ella, terminamos de darnos amor con la esperanza de saber y de no saber que vendría a nuestras vidas una vida, para remplazar a la que ya iba de paso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario