viernes, 14 de marzo de 2014

Ya no es príncipe, es princesa.

Ya no es Enzo, es Luciana.
Ya no es pelota, es muñeca.
Ya no es fuerza, es emoción, es belleza.
Ya no es delirio, es sentimiento que emana.

Una realidad que reza.
Es ella.
Nadie más.
Sólo ella.

Ya no es príncipe, mi princesa.

lunes, 2 de julio de 2012

El día del padre

A veces con el pasar de los años las cosas cambian, y quien fue un padre ejemplar para mí en mi niñez y un verdadero referente en mi juventud, dejó el barco y poco a poco las facturas de sus errores comenzaron a cobrarse a nuestro nombre. El destierro del lugar donde nacimos, las deudas que persiguen a la familia, la ruina absoluta a causa de la vida pagana y un "me voy" fueron las últimas palabras que escuché, aquella vez donde grité con tanta rabia, que tal vez ese día supo que yo era un adulto y había terminado su labor de progenitor (labor que nunca debería de terminar). Eran otros días, donde todas las mañanas despertábamos con un café caliente, con una rosca y un pedazo de queso, o a veces desayunábamos en la plaza de mercado buñuelo con café perico (un café con leche y azúcar que es tradicional en nuestra región cafetera), a eso de las 6AM, para esperar las reses y los cerdos que debíamos descuartizar y vigilar que no robaran los gallinazos ni los perros, antes de subirla al camión y llevar a nuestra carnicería. Era una plaza de mercado sucia, pero es de esas suciedades que sólo duran unas horas: luego de despachar todos el ganado para todos lados, se hacían presentes las turbulentas aguas y el jabón, dejando los paredones blancos con un aroma a detergente que llamaba a lo limpio y a su vez llamaba a los clientes, quienes siempre estaban listos para comprar. Y así comenzaba a transcurrir la semana, llegaba el ganado en la mañana a la carnicería y mientras yo descuartizaba, mi papá atendía a la clientela en medio de gritos, rabias, aceleres y una que otra sonrisa para bajarle la tensión a la clientela que se agolpaba en el negocio -al igual que los gallinazos- tras enterarse que había carne fresca para comprar. Muchas veces estábamos entre las 7AM y la 1PM trabajando sin parar, y en ocasiones esos lunes se llegó a quedar el negocio sin una sola libra de carne: se vendía todo. Otras veces, en vigilia, se vendía más poco, pero igual en las tardes o noches, llegaban algunas personas de doble moral que no podían vivir sin carne, así la iglesia se los prohibiera, más por tradición que por necesidad misma o utilidad alguna el dejar de comerla. Muchas veces yo salía en mi bicicleta para llevar los pedidos a los clientes, otras veces mi papá iba en su moto, una Honda 125, más ruidosa que una locomotora y que se escuchaba a varias cuadras del negocio cuando se acercaba o cuando se alejaba. A veces salíamos los dos a la vez a entregar pedidos, mientras mi abuelo se sentaba en la puerta del negocio a fumarse unos puros cubanos sin importarle el resto de la vida: era como si estos cigarros le llevaran la calma, pues cuando se le acababan parecía otra persona, aunque casi nunca se le terminaban y siempre mantenía entre su carriel (un maletín hecho de cuero que parecía un acordeón), en medio del dinero y de uno que otro artilugio. Mi padre era de esas personas que siempre tuvieron amor al trabajo, al dinero y a los negocios, es un Rey Midas, podía llegar a un lugar sin tener un centavo y en 8 días ya tenía su negocio montado, conocía gente y comenzaba a trabajar con todo el mundo, como si fueran conocidos de toda la vida. Esa misma forma de llegar a la gente, jugó en su contra cuando comenzó a malgastar el dinero y acabó con el patrimonio familiar, pensando que podía recuperarlo fácilmente; pero entre la gripe porcina, muchas putas y uno que otro trago de Cuba Libre (una mezcla de Coca-Cola con ron y un popote de limón para adornar) se fue toda nuestra fortuna, o bueno, lo que considerábamos nuestro. Fue difícil ver cómo poco a poco ese gran hombre se desmoronó, tal vez cansado de vivir, cansado de hacer cosas sin recibir retribuciones y agotado de tal vez, no sentirse satisfecho con todo lo construido: tal vez fue como cuando nos cansamos en el 98 de jugar al toque toque y desde ese punto nunca volvimos a un mundial, así mismo veo que mi papá nunca volvió a ser quien era y nuestras vidas se fueron poco a poco diluyendo, poco a poco profanando, volviendo sórdidas y simplemente íbamos navegando hasta donde la corriente nos dejara estar. Mi madre por poco enloquece pero poco a poco lo asimiló. Mis hermanas tuvieron un poco de suerte, ya que no tenían mucha consciencia cuando todo pasó y poco a poco se acostumbraron a su nueva vida, una vida un poco menos amoblada y buena de la que pude disfrutar yo, pero que en el fondo les enseñó a aprender a vivir con coraje y a sacarle todo a su favor. Al llegar el día del padre, recordaba todas estas cosas y me sentía la persona más solitaria de la tierra, pues mientras todo el mundo salía a celebrar con su padre, yo por mi parte, no tenía hacia donde mirar y simplemente derroché mi día viendo series de mafiosos, esperando alguna respuesta, sin saber que en medio de todo ese caos y tristeza, ya era hora de celebrar también.

sábado, 23 de junio de 2012

Bisabuela de paso

Comenzó el viernes 21 de abril, las 6AM de una nublada y fría mañana bogotana. Desperté abruptamente, como pocas veces, como nunca. En medio de mi letargo suena el teléfono, contesto y escucho los gritos de mi tía, entre mi asombro y tristeza por no entender mucho: - Se murió mi mamá, se murió mi mamá-. Luego de colgar es como si hubiese sentido más vacía la tierra en ese instante, como cuando René dejó en silencio el Monumental de Núñez tras taparle el penal al Pelado Almeyda en esa semifinal de la Copa Libertadores del 95, como si ella hubiera llegado donde vivo para decirme que estaba en el aire, entre nosotros y que tal vez se marcharía para siempre.

Las horas fueron pasando, la tristeza creciendo y los ánimos bajando como en esos clásicos ante el DIM, que se comienzan perdiendo con un gol tempranero y no parecen acabar nunca. Pero al comenzar la noche, llegó ella -A quien alguna vez le juré amor eterno en el mismísimo Centenario de Montevideo, antes de llorar de felicidad 4 veces y de salir rodando por las azules escalas ante cientos de hinchas verdolagas, listos para una foto de recuerdo viajero- y con sus brazos me abrazó entre sus enormes pechos, me consoló mientras escuchábamos la radio del taxi y me transportaba hacia su hogar. Allí me dejó en su cama y en una mezcla de vino, canelones, pollo (mucho pollo) y mucho amor, comenzó a gestarse una vida, un nacimiento, un eterno devenir del que sólo sabríamos unos meses después: la felicidad más inexplicable que haya podido sentir. Es como si el mismo día River Plate y Atlético Nacional hubiesen ganado la Copa Libertadores. Como si en el 86, Enzo hubiese metido ese quinto gol a los polacos y le hubiesen dado la copa del mundo. Como si después de esa mano gloriosa de Gastón brillar en el Atanasio Girardot, atajando ese penal a Araújo en 2011, me hubiese palmoteado el hombro. Es una sensación más o menos similar.

Al día siguiente, al despertar, era hora de ver el clásico español. Personalmente no soporto mucho el fútbol de la madre patria, pero por algunos jugadores como Iniesta o Higuaín, me lo aguanto un poco. Esa tarde del 21, luego del 1-2 con el que ganó el Real Madrid al Barcelona y sentenció la Liga Española a su favor en el propio Camp Nou, comimos pasta carbonara y entre las imágenes de un paisaje repetido que había visto en fotos, las sonrisas tiernas, los besos y las caricias de ella, terminamos de darnos amor con la esperanza de saber y de no saber que vendría a nuestras vidas una vida, para remplazar a la que ya iba de paso.